Sabemos, sin necesidad de razonarlo, que no podemos vivir sin estar relacionados con otros hombres, ninguna persona es una isla, por más solitarios que seamos, nos relacionamos diariamente con decenas y hasta cientos de personas por día. Pueden no tener un nombre propio o quizás ni siquiera un cuerpo, ya que consumimos objetos que fueron creados, cosechados, trabajados por otros hombres.
Entonces, si necesitamos al resto para poder sobrevivir y vivir (lo cuál es diferente) ¿Por qué sólo pensamos en nosotros? Lo que nos preocupa, lo que nos conviene y que el resto se las arregle.
En lugar de cooperar, competimos. Este sistema nos enseñó que el otro es otro, y por lo tanto, rival. Jugamos a la supervivencia del más apto en la jungla de cemento.
Juzgamos y criticamos las actitudes de las personas desde nuestro lugar privilegiado, sin la capacidad de ponernos en el lugar del otro y observar desde su punto de vista y poder entender el por qué de sus acciones. Nos enfrentamos con quienes deberíamos unirnos y nos aliamos con los que deberíamos enfrentar.
Permitanme contar aquí una experiencia personal para tratar de explicarme mejor. Estudio sociología en la Universidad de Buenos Aires y puedo decirles que sólo quienes cursamos en la sede de sociales de dicha facultad podemos entender las malas condiciones del edificio, y lo que eso significa para nuestra formación. Baños sin puerta, ratas en uno de los pisos, sufrir frío o calor durante la cursada, hacinamiento, estudiantes sentados en el piso durante la clase, falta de matafuegos en buen estado, etc., etc. Ante esta situación y habiendo agotado otras formas de lucha, cansados de que la promesa del edificio único de sociales nunca llegue y que esta noticia no se difunda en los medios a pesar de habernos comunicado con ellos, nos vimos en la situación de tener que cortar la calle para que alguien nos escuche. Y la respuesta de la gente fue insultarnos, incluso tirarnos agua desde un edificio. Prácticamente a nadie se le ocurrió siquiera preguntarnos porque lo estábamos haciendo. Si estábamos o no justificados, sólo pensaron en que iban a perder media hora de su día por nuestra culpa. Apurados para llegar a sus casas a ver “bailando por un sueño”. Nosotros sólo estábamos reclamando por nuestra educación y la de todos los que deben cursar en las mismas condiciones, sin saber si un día (esperemos que no) haya un incendió en esta sede y debamos pasar por un nuevo cromagnon.
Pero claro, cuando es a alguno de nosotros el que debe manifestarse en contra de algo que lo perjudica, se indigna de que el resto no lo ayude, no lo entienda. Porque entiende que su causa sí es legitima.
Puede pasar que a veces no queramos acordarnos que hay otros que están mal, tenemos suficiente con nuestros problemas como para ponernos a pensar en los del que esta al lado, no tenemos ganas de sentirnos mal o hasta culpables de no hacer nada para ayudarlos y preferimos escondernos, nos encerramos en nuestro circulo para que nadie más pueda entrar, nos aislamos y mientras que a nosotros no nos pase nada que nos obligue a salir de nuestra casita de cristal, todo andará “bien” y mientras, juzgamos al resto desde nuestro encierro.
Tratemos de acá en delante de no mirar al otro como otro, no dejemos que la lógica del sistema nos venda que la vida es una competencia y que debemos tratar de diferenciarnos del otro para conseguir lo que queremos. No somos mejores por tener tal o cual cosa. Intentemos salir de nuestro refugio y mirar la situación desde el punto de vista del otro y no desde el propio. No sólo somos individuos, juntos somos sociedad y como tal vamos todos hacia el mismo camino. Podemos elegir hacerlo luchando unos contra otros mientras los que tratan de dirigirnos hacia su propio fin disfrutan de nuestra batalla y se aprovechan de ella, o unirnos, solidarizarnos con los que están a nuestro lado y luchar, no ya contra nosotros mismos, sino contra la lógica que nos oprime y obliga a mirar al prójimo como a un enemigo. Porque solos somos mortales pero como sociedad somos eternos. Porque la unión hace la fuerza. Y porque, en definitiva, nos necesitamos unos a otros.